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Elecciones en Austria: cuando la cara casi fue cruz

, de Xesc Mainzer Cardell

El ajustado resultado de las presidenciales austriacas supone un pequeño alivio para la mayoría de demócratas, pero viene a recordarnos a todos que el ascenso paulatino de la extrema derecha no sólo no se detiene, sino que va a más de una forma preocupante. Esta vez la moneda del cambio político ha caído del lado de su cara amable, la próxima podría no haber tanta suerte.

Ursula Roschger, Eva Glawischnig, Alexander Van der Bellen, miembros del Partido Verde Europeo. Imagen: Die Grünen Linz.

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Este domingo Europa ha vivido unas elecciones presidenciales de vértigo que se han cerrado con un trepidante final: nada más y nada menos que un empate técnico deshecho por un puñado de miles de votos (31.026 para ser exactos) que han decantado el resultado del enfrentamiento electoral del lado del pro-europeo y veterano ecologista Alexander Van der Bellen, ex-líder del partido de los Verdes Austríacos. Éste debía medir sus fuerzas con el euroescéptico Norbert Hofer, candidato del Partido de la Libertad (FPÖ), y se ha beneficiado de la movilización ciudadana contra una victoria del FPÖ que ya se daba casi por hecha.

¿Cómo se ha llegado a este escenario? Como es por todos sabido, vivimos tiempos de profundo cambio social y político. Al descrédito de la política tradicional, entre otros por las crisis económica y de valores que vive la UE -ésta última agravada por el manejo de la crisis de los refugiados-, se le ha sumado un ascenso generalizado (si bien con algunas excepciones, e incluso retrocesos) de la extrema derecha. Este peligroso cóctel ha permitido que las opciones extremistas como el FPÖ (o el Partido de la Libertad de Geert Wilders, la AFD de Petry Frauke, el UKIP de Nigel Farage…) entren en el mainstream político, convirtiéndose para muchos votantes en opciones válidas de gobierno. Eso aún a pesar de contar con un programa de gobierno anti-europeo, xenófobo y caracterizado por su autoritarismo. Con el tiempo, sobre todo en los últimos años, estas fuerzas han ido ganando terreno sobre los partidos tradicionales en una escalada continuada -que el New York Times recogía hace escasos días con un interesante y muy gráfico reportaje interactivo [1] . No se trata de un fenómeno meramente europeo, pues en este aspecto basta ver la aparición de personajes de índole similar en otros lugares, como Donald Trump en los Estados Unidos.

En el caso de Austria, el flirteo con la extrema derecha no es nada nuevo -de hecho se trata del tercer país de la UE después de Hungría y Polonia donde la extrema derecha obtiene mejores resultados- y el FPÖ es ya un viejo conocido del público. Creado en 1956, este partido heredero del nacional liberalismo pan-germánico de finales del siglo XIX ha obtenido representación en todas las elecciones federales a las que se ha presentado y ha participado en múltiples gobiernos de coalición. Esta fuerza de programa islamófobo y contra los derechos de las minorías no alcanzó su máxima cota de poder hasta la llegada al frente del partido de Jörg Haider, que entre 1986 y 1999 consiguió quintuplicar los resultados electorales del partido convirtiéndolo en segunda fuerza política y consiguiendo formar gobierno con el Partido Popular Austríaco (ÖVP) como socio.

Aunque tras ese gobierno de coalición y la salida de Haider del liderazgo del partido éste perdió gran parte de su apoyo, con el tiempo se recuperó, llegando a la situación actual: ser capaz de alcanzar la segunda ronda de las elecciones presidenciales.

Un hecho así no se había visto desde la segunda ronda de las presidenciales francesas de 2002. En aquel entonces, la extrema derecha del Front National ya consiguió colarse en la segunda ronda de unas elecciones marcadas por la extrema fragmentación del voto de izquierdas (por la proliferación de candidaturas de izquierda y extrema izquierda) y los escándalos de Jacques Chirac en su época como alcalde de París. A pesar de alcanzar la segunda ronda y tener de contrincante a un presidente atenazado por la corrupción, la amplia movilización contra el FN logró una estrepitosa derrota de Le Pen, en una proporción de 5 a 1.

Con este precedente tal vez se podría pensar que deberíamos sentirnos seguros pues la movilización de los votantes contra la ultraderecha evitará que en Europa se vuelvan a instaurar gobiernos autoritarios, pero desde 2002 han pasado ya muchos años y algunos países como Hungría y Polonia han caído ya en manos de la extrema derecha. Las elecciones del pasado domingo nos vienen a recordar que la democracia es algo frágil y no se deben dar por sentadas según qué cosas.

Tal vez no debiéramos alarmarnos tanto, pues el FPÖ ya ha participado en gobiernos con anterioridad y eso no ha supuesto el fin del estado de derecho en Austria. Pero lo cierto es que todas las encuestas dan al Partido de la Libertad como ganador en las próximas elecciones parlamentarias del país con un margen de entorno a 10 puntos sobre el siguiente partido, dejando abierta la posibilidad de un gobierno liderado por el FPÖ o incluso en solitario si la tendencia se mantiene.

Hasta finales de 2018 no se celebrarán elecciones parlamentarias y el resto de fuerzas todavía disponen de margen para hacer virar la situación, pero la dimisión del canciller Werner Faymann (SPÖ) hace escasas semanas debido a la polémica gestión de la crisis de los refugiados en los últimos meses y que ha dividido a su partido pone sobre la mesa la posibilidad de un adelanto electoral. Si tal adelanto acaba produciéndose, los demás partidos deberán llevar a cabo un esfuerzo titánico para revertir el crecimiento de un poderoso FPÖ.

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Notas

[1NY Times, 22 de mayo de 2016. ’How Far is Europe Swinging to the Right?’ http://www.nytimes.com/interactive/2016/05/22/world/europe/europe-right-wing-austria-hungary.html?_r=0

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