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La larga sombra del genocidio armenio

, de Miguel García Barea

El pasado 24 de abril de 2014 tuvo lugar el centenario del genocidio armenio, un sangriento episodio a comienzos del siglo XX que Turquía se niega a reconocer. En este artículo repasamos los hechos, el contexto y sus actuales consecuencias.

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Entre abril de 1915 y Julio de 1916, el Comité de Unión y Progreso (CUP), más conocido como “jóvenes turcos”, planificaron la deportación y posterior masacre de la población armenia residente en el Imperio Otomano. Se estima que perecieron un millón y medio de personas, dos tercios de los armenios que habitaban por entonces en el territorio que conforma la actual Turquía. Conocido como “el primer genocidio del siglo XX”, dio lugar poco después a la llamada “diáspora armenia”, es decir, el exilio a lo largo y ancho del globo de buena parte de sus supervivientes. A día de hoy, solo el Parlamento Europeo, el Vaticano y otros 23 estados soberanos han reconocido como tal el genocidio, mientras que el estado turco niega los hechos, incluso la sola mención en público puede ser sancionable, considerándose un delito contra el interés nacional. ¿Cómo es posible en pleno siglo XXI?

El principio del fin de una época

Para entender – que no justificar – los hechos, debemos situarlos en su contexto. La actual Turquía no existía como tal, sino que conformaba el principal país de una confederación de territorios plurinacional y multiétnica denominada Imperio Otomano. Si bien las minorías eran reconocidas, su situación distaba mucho de ser igualitaria respecto a los otomanos. Los armenios, cristianos, burgueses y repartidos por todo el Cáucaso, habían sufrido varios enfrentamientos con las autoridades otomanas, y fruto de sus continuas derrotas soportaban una desproporcionada carga fiscal, además de un trato despectivo por parte del Estado.

En la segunda mitad del siglo XIX despertaron en Europa los diversos movimientos nacionalistas, todos muy similares en su forma, aunque condenados al enfrentamiento cuando reivindicaban un mismo territorio. Así sucedió en el Imperio Otomano, en el que el Comité Unión y Progreso, opositores al sultán Abdulhamid II, aglutinaron a las fuerzas más progresistas dispuestas a evolucionar hacia un modelo de estado-nación, propio de la Europa Occidental. Sin embargo, también se crearon distintos movimientos de emancipación entre los demás pueblos del Imperio (armenios, kurdos, asirios, circasianos…) que si bien compartieron el interés de derrocar a un sultán instalado con el Antiguo Régimen, al inicio de la Primera Guerra Mundial (1914) se convirtieron en enemigos irreconciliables, radicalizando sus postulados hasta el extremo. La no desmembración del Imperio pasaba paradójicamente por su desaparición y refundación. Y los armenios, una élite política, económica e intelectual, y además practicantes de otra religión, suponían un obstáculo para los partidarios de una centralización del Estado y homogenización cultural. Considerados traidores de la patria bajo el pretexto de haber apoyado a Rusia en la contienda (verdad a medias, dado que todos se vieron obligados a defender al estado al que pertenecían, ya fuera el turco, el ruso o el austro-húngaro), los ministros de guerra Talaat y Enver Pacha planificaron minuciosamente la deportación y posterior eliminación de la población armenia. [Enver Pacha, responsable de la matanza]

Si bien la armada británica detuvo a 150 personas en Constantinopla en 1919, las cuales fueron acusadas de crímenes contra la Humanidad y juzgadas por un Tribunal internacional en Malta, todas fueron liberadas por falta de pruebas. Algunos de aquellos arrestados obtuvieron puestos de responsabilidad en la recién creada república de Turquía, como los primeros ministros Ali Fethi Okyar y Rauf Orbay.

Una tragedia translúcida

Las dimensiones y consecuencias del genocidio armenio alcanzaron cotas inimaginables. Milicias kurdas (correligionarias de los otomanos) y alemanas (sus aliados en la Gran Guerrra) participaron activamente en las matanzas. Célebre es el caso del oficial Rudolf Höss, quien, ya de vuelta en Alemania, obtuvo en 1932 un puesto de responsabilidad dentro de las SS. Algunos de los descendientes más famosos de la diáspora armenia son el cantante francés Charles Aznazvour o la celebrity estadounidense Kim Kardashian.

Según el historiador Michael Hesemann, el efecto contraproducente de la acción del Vaticano (cuya condena pública pudo ocasionar la destrucción de pruebas por parte de las autoridades otomanas) fue la causante de la tibia actitud de Pío XII durante la Segunda Guerra Mundial (1940-1945).

Hasta la fecha solo el Vaticano, Uruguay, Estados Unidos, Rusia, Líbano, Siria, Argentina, Canadá, Venezuela y Chile han condenado oficialmente el genocidio, además del Parlamento Europeo el 18 de Junio de 1987, así como varios de los países de la Unión Europea (Italia, Francia, Bélgica, Polonia, Suecia, Países Bajos, Eslovaquia, Polonia, Lituania y Chipre). [Mapa de los países que han condenado el genocidio]

Más paradójico resultan los casos de Suiza (donde el Consejo Nacional se muestra favorable y el Federal se opone al reconocimiento) o los de Alemania, Reino Unido y España, socios tradicionales de Turquía en política exterior, que han condenado las matanzas de población armenia sin llegar a utilizar la palabra “genocidio” (con las excepciones de Gales, Escocia, Irlanda del Norte, Euskadi y Cataluña, cuyos gobiernos autónomos han condenado el genocidio a título particular) .

Una verdad incómoda para Turquía

Turquía no ha reconocido hasta la fecha el genocidio armenio. De hecho, su código penal ha sido denunciado por Reporteros sin fronteras o Amnistía Internacional a raíz de su artículo 305, que condena a prisión a aquellos que cometan “actos contrarios al interés nacional”. ¿Las razones? Implicaciones de diverso tipo, sobre todo morales y psicológicas. Al duro golpe emocional que supondría admitir que buena parte de los “héroes nacionales” turcos fueron unos genocidas (o en otras palabras, que el estado y la nación turca se edificaron sobre la sangre y los cadáveres del pueblo armenio) habría que añadir reparaciones de guerra económicas, materiales e incluso geográficas, peligrando así la integridad territorial del actual estado turco.

No obstante, una conciencia crítica ha empezado a brotar entre la opinión pública del país del Bósforo. Tras el asesinato del activista armenio Hrant Dink en 2007, las calles de Estambul congregaron a casi 100.000 manifestantes bajo el lema “Todos somos armenios”, oponiéndose a la posición oficial de su gobierno. Más recientemente, el 23 de Abril de 2014, un día antes de la conmemoración del genocidio, el Primer Ministro turco Recep Tayyip Erdogan mostró sus condolencias por los descendientes de los armenios asesinados en 1915, aunque los consideró víctimas de la guerra, sin admitir el carácter organizado y etnicista de las matanzas.

El pasado 24 de Abril se conmemoró el centenario del genocidio armenio, una de las tantas catástrofes que conforman la historia de Europa. Si bien las instituciones europeas han ido siempre por delante en el reconocimiento de la dignidad de las víctimas, nosotros, sus ciudadanos, debemos llegar un poco más lejos, y exigir a todos los estados, y sobre todo a Turquía, el reconocimiento de los hechos tal y como sucedieron, tal y como hizo Alemania con respecto al Holocausto. Se trata de una cuestión de principios, de democracia y de justicia universal, valores comunes y fundacionales de la Unión Europea. Qué menos que exigírselos a uno de los países más ricos cultural e históricamente, y que además lleva tiempo sonando como futuro candidato a la Unión.

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