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Valentina, 27 años, estudiante, italiana, vive en Edimburgo

Seguiré soñando Europa

, de Valentina Romanazzi

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Vivo desde hace un año en Edimburgo, capital escocesa, patria del haggis y del Kilt. Llegué para un curso de inglés de cuatros semanas, me quedé fulgurada por una ciudad llena de historia y en que conviven montañas y mar; pero también escoceses y un número indefinido de españoles e italianos; y decidí quedarme hasta fecha imprecisada.

Nací en 1988, unos años después (1992) Italia entraba en la moneda única. He crecido en una sociedad en que todos siempre me han dicho: ¡si no conoces el inglés, no vas a ningún lado!; Pertenezco a la generación “Erasmus”; viajo con DNI y en vuelos low cost; siempre me he sentido antes que todo ciudadana del mundo, luego europea y finalmente italiana.

Estaba preocupada, antes del 24 junio, pero confiaba sobre todo en mi generación; esos jóvenes viajeros abiertos al mundo. Pero Londres, Manchester, Liverpool, Escocia e Irlanda del Norte no han sido suficientes; los poco numerosos jóvenes under 25 no han sido suficientes. Gran Bretaña está fuera de la Unión Europea. La mayoría de los británicos, literalmente, no se ha dado cuenta de lo que ha hecho. Han votado por el miedo, miedo a la fantasmal amenaza de la inmigración (procedente del este Europa y del sur del Mediterráneo).

Cierto es que la UE no es un lugar perfecto. Habría que volver a ver las políticas de austeridad, crear un Welfare State europeo, una verdadera política unitaria etc. Hay mucho sobre que trabajar, mucho para discutir e intentar de cambiar; pero un verdadero y profundo cambio puede proceder solo desde el interno de las instituciones europeas. Con este éxito se han traicionados los sueños de una futura Europa unidad de verdad, no sólo económicamente, sino políticamente y, sobre todo, socialmente; se han traicionado las posibilidades de elección de muchos jóvenes que deciden estudiar en el extranjero o simplemente de pasar 6 meses de Erasmus; se ha traicionado un trozo de nuestra libertad.

¿Y ahora? La libra está precipitando; David Cameron ha anunciado sus dimisiones; el partido Laburista ha quitado la confianza a Jeremy Corbyn; los líderes que ocupan el Parlamento europeo piden un inmediato inicio de las operaciones que llevarán oficialmente y definitivamente a Gran Bretaña fuera de la Unión; se recogen firmas para una petición al Parlamento británico para que se convoque una segunda consultación y por una “secesión” de Londres que le permita quedarse “en el corazón de Europa”; el primer ministro escocés, Nicola Sturgeon, ha anunciado que su gobierno pedirá el inicio inmediato de una discusión con Bruselas para permitir a Escocia de quedarse en la Unión Europea; y los líderes de la derecha populista europea (Matteo Salvini y Marine Le Pen en la cabeza) ya están en primera fila para pedir a gran voz un referéndum también en sus respectivos países.

¿Pero qué cambiará, probablemente, para los que, como yo, viven, trabajan y estudian en otra orilla del Mar del Norte? Ya no más libre circulación de mercancías y personas: entonces aranceles y precios en subida para los productos importados, necesidad de pasaporte y controles para cruzar las fronteras en salida y en entrada; adiós para instrucción y sanidad gratuitas; necesidad de un permiso de circulación y de trabajo para continuar a vivir en la corte de la Reina Elisabeth; probablemente adiós para muchas rutas low cost. Más burocracia y menos libertad, ¡para todos!

Muchos ciudadanos europeos residentes en la isla británica han dicho de sentirse extranjeros por primera vez; pero yo no me rindo. Seguiré viviendo, estudiando y trabajando en la variable y sugestiva Escocia, a pesar de todos los papeles que tendré que firmar para poder lograrlo; seguiré viajando con mi DNI y con los vuelos low cost; seguiré soñando una sociedad multicultural en que “el extranjero” es un recurso y no un peso; seguiré soñando una Europa sin fronteras o barreras de algún tipo.

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