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Rusia, Europa, Estados Unidos y la necesidad de limar asperezas

, de Miguel García Barea

El primer ministro ruso, Dimitri Medvédev, lanzó una advertencia el pasado sábado 13 de febrero en la Conferencia de Seguridad de Múnich: “Nos estamos desplazando rápidamente a un periodo de una nueva guerra fría”. Lo hizo en presencia de un centenar de jefes de Estado, de gobierno y de ministros. No vertió ninguna crítica hacia su país, tampoco cuestionó la beligerante política exterior de Vladimir Putin. Su estilo, que aúna populismo y nacionalismo, inquieta tanto en Europa Occidental como en Estados Unidos. Pero el talante de Medvédev no debe distorsionar la verdad de su mensaje: en la coyuntura internacional actual, un enfrentamiento diplomático con Rusia es lo último que le conviene a Occidente.

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Al comparar a Rusia con cualquier país de la Unión Europea, se descubren rápidamente todas las carencias democráticas de la superpotencia oriental. La presencia de un líder autoritario, la casi ausente rotación en la jefatura del Estado, el control y la censura en los medios de comunicación, y no solo la práctica ausencia de oposición política, completamente desarticulada, sino la de una opinión pública crítica con el régimen, ponen de manifiesto que el Estado de Derecho y la democracia liberal andan lejos de aplicarse en Moscú. Huelga decir que la política exterior del Kremlin ha sido bastante menos prudente que la de la de los países europeos occidentales o incluso que la de los EEUU de Obama. Al gobierno ruso nunca le ha temblado el pulso a la hora de violar el Derecho Internacional, por ejemplo, tras ocupar y anexionar Crimea, o al bombardear campamentos de civiles en Siria para mostrar su apoyo al régimen de Bashar Al –Assad.

Al mismo tiempo, conviene recordar el increíble respaldo popular con el que cuenta Vladirmir Putin, insólito en casi cualquier otro país del mundo. El Presidente ha recuperado entre la población el orgullo de ser rusos, maltrecho sentimiento durante la ineficaz- y aún inacabada- transición del Comunismo al Capitalismo, iniciada en la década de los noventa del siglo pasado. La conciencia patriótica y religiosa, así como ciertos valores sociales y colectivos, han calado mucho más hondo entre la población que la sensibilidad hacia las libertades civiles individuales, una de las razones por las que en toda la historia de Rusia nunca se ha consolidado un estado democrático.

No podemos olvidar que, en la coyuntura global contemporánea, Rusia, Estados Unidos y la Unión Europea tienen intereses en común. La solución al conflicto armado en Siria pasará, tarde o temprano, por una cumbre internacional entre las tres grandes potencias, el gobierno sirio y otros estados con intereses en la región, como Irán o Arabia Saudí. Tampoco podemos obviar la amenaza yihadista global, a cuya llamada han respondido jóvenes con pasaporte europeo o ruso -chechenos, en su mayoría. Acabar con el Estado Islámico debería convertirse en una prioridad de las grandes potencias, aparte de una coartada para recomponer las relaciones diplomáticas entre Rusia y Occidente, muy deterioradas en los últimos años. El reciente acuerdo nuclear firmado entre la UE e Irán, considerado utópico hace poco más de un año, demuestran que nada es imposible en el complejo universo de las Relaciones Internacionales.

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