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Tiempo de elegir

, de Michele Ballerin, Traducido por Simone Corvatta

El voto británico ha puesto Europa delante a sí misma. Nunca, ates de ahora, la alternativa entre unirse o disgregarse había sido puesta con tanta claridad. Jamás Europa había sido obligada a tomar conciencia en modo tan pleno y dramático de su posición perennemente en equilibrio precario entre ser y no ser. Jamás la alarma había sonado de forma tan brutal.

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El éxito del referéndum nos recuerda una vez más que nada se da por hecho: no lo es la paz como no lo son la solidaridad, el sentido de pertenencia, la conciencia de un objetivo común y la determinación a perseguirlo. Setenta años de trabajo para construir la casa europea pueden evaporar en tan solo un tórrido verano. El sueño europeo puede hacerse pedazos.

Pero el dato más significativo se refiere a la composición de los votantes por edad. Este es el aspecto central, de que podemos sacar la lección más preciosa. Según los datos recogidos del gobierno británico, los votantes favorables a la permanencia del Reino Unido en la UE han sido el 75% de los jóvenes entre 18 y 24 años, 56% de entre 25 y 49, para bajar al 44% de entre los 50-60 años y el 39% de los de más de 65. El cuadro no podía será más definido.

Tenemos confirma de esto: hoy la confrontación sobre Europa es generacional, porque es entre dos mentalidades – dos mundos – que se encarnan en generaciones distintas y ahora ya en completo desacuerdo sobre el camino por seguir: por un lado el europeísmo, que es el cosmopolitismo aplicado a la cuestión europea, la voluntad de construir un mundo integrado e inclusivo en que la linfa de la democracia pueda volver a correr con nuevo vigor, y donde la mayoría de los jóvenes no piensa renunciar; por el otro lado el nacionalismo, el sueño nostálgico de un encerrarse al mundo, de una vuelta al pasado que no volverá nunca, y que sin embargo está embrujando las viejas generaciones de europeos como una especie de encantamiento turbio. Un disolverse codicioso inducido por una confrontación demasiado repentina con un mundo que ya no se consigue comprender y que asusta.

Así, una Europa vital y proyectada hacia el futuro, capaz de creer hasta el fondo en sí misma, y lista a apostar sobre los miles de años de historia común sobre un capital para invertir para abrir una nueva época, se contrapone a una Europa sonámbula que anda en el borde del techo de la historia escuchando sirenas inexistentes, deslumbrada por un sueño confundido que es, en realidad, solo una vaga reminiscencia. La nueva Europa sin fronteras internas contra la vieja Europa de las aduanas. Europa de Jo Cox contra Europa de su asesino. A nosotros nos toca elegir. Pero, por suerte, los jóvenes europeos ya han elegido.

En las próximas horas cada uno dirá su opinión. Escucharemos muchos discursos y oiremos muchas músicas. Pero la única cosa que hoy queremos escuchar de quién nos gobierna es la palabra clara y definitiva: si Europa no quiere naufragar, tendrá que dar el paso decisivo hacia la unión política. Ahora, y no en un futuro impreciso. “Federarse o perecer”: este es el significado del 24 junio. Y vuestro hablar sea “sí, sí, no, no”: el resto procede del maligno… Porque es el momento de decidir.

Y para los ciudadanos europeos, la toma de consciencia de encontrarse en una encrucijada aun no será suficiente. Todavía falta el paso siguiente, para el empeño en primera persona y para hacer que Europa se dirija por la vía de la esperanza y del progreso. Lo que se celebra aquí quizás es el entierro del viejo, del tímido, del débil europeísmo de fachada. Su sitio tendrá que ser sustituido por una nueva forma de europeísmo: el militante, que no se hace escrúpulo de indicar en la perspectiva federalista la única alternativa a la disolución y al regreso, y que luche por ella.

Si los europeos tienen que elegir entre Altiero Spinelli y Nigel Farage, pues bien ha llegado el tiempo de elegir. Europa es una cosa seria.

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