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Refugiados: una cuestión institucional

, de Jaime Aznar

Durante los últimos meses he tenido la oportunidad de recorrer mi comunidad hablando sobre la situación de los refugiados, en centros culturales, de secundaria, universitarios,... Ha sido una satisfacción personal muy grande poder acercar esta cuestión a un público muy diverso, haciéndolo desde el análisis y siempre con un espíritu constructivo. Al mismo tiempo, he formado parte del público que abarrotaba los salones de actos cuando quienes han vivido la tragedia de primera mano, se acercaban para contarnos aquellas vivencias que no aparecen en la prensa, y nadie más podrá narrar.

Mayday Demonstration – Demonstration: Recht auf Stadt “Never mind the papers” – Imagen de Rasande Tyskar.

Autores

  • Doctorando en Historia en la Universidad Pública de Navarra, analista y docente especializado en Unión Europea y Eurasia. Es colaborador de medios escritos como Diario de Navarra. Además pertenece a la Junta de Gobierno del Colegio Oficial de Doctores y Licenciados de Filosofía y Letras de Navarra.

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Palabras clave

Han sido muchas las sensaciones que he percibido en cada una de las comunicaciones realizadas, dominadas todas ellas por el asombro, la congoja y la indignación. Hay momentos en los que las imágenes te roban la palabra, y a quien escucha, hasta el aliento. Gracias a ellas hemos interiorizado mejor lo que sucedía, comprendiendo que nada de lo que ocurre se acabará de inmediato ni se subsanará con un donativo. ¿Y cuál ha sido la consecuencia más remarcable? Responder a esta pregunta es más complicado de lo que parece. Por un lado despertó las conciencias que aún no se habían dado por aludidas tras de lo ocurrido en Lampedusa en 2014, pero al mismo tiempo, sirvió para defraudar esos mismos ánimos henchidos de solidaridad.

A pesar de la progresiva movilización de la sociedad civil, los gobiernos nacionales que componen la Unión Europea siguen sin mover ficha, haciendo un puñado de rácanas concesiones en el mejor de los casos. Año tras año se ha venido debatiendo la necesidad de acoger con urgencia a una marea de seres humanos provistos de derechos, que nadie en las alturas ha querido reconocer. Pese a los acuerdos a los que se llegó a nivel europeo, las vallas y los vetos han sido moneda corriente entre quienes tienen la obligación de acabar con esta sinrazón. El desastre de los refugiados está suponiendo la puntilla para una generación de dirigentes sin el carisma ni determinación, para los que tampoco hay un recambio evidente. Todos suspenden. Desde la izquierda redentora de Syriza hasta la socialdemocracia danesa, pasando por el conservadurismo español o el histerismo extremista de Hungría.

Al terminar mis intervenciones, las personas que tomaban la palabra lo hacían para expresar tristeza, y al mismo tiempo, compromiso personal. No eran declaraciones banales ni fruto de un estado de ánimo pasajero, en su voz y sus gestos se advertía la rabiosa voluntad de quien no puede soportar tanta injusticia. Ninguno de ellos mostraba confianza en los gobiernos para afrontar la gigantesca tarea, algunos incluso sugerían soluciones al borde mismo de la legalidad. Después de los propios desplazados, la quiebra institucional es una de las consecuencias más evidentes que tenemos frente a nosotros. Cada día sin hacer nada, ahonda una herida que los ciudadanos tardarán en olvidar. Tampoco ayudan los titulares en los que se nos cuenta que sólo 18 refugiados han llegado a nuestro país (en seis meses), una circunstancia equiparable al de muchos países de nuestro entorno.

Al mismo tiempo, aquellos países dónde más ha penetrado el flujo migratorio, están empezando a desarrollar un comportamiento xenófobo muy preocupante. Alemania y Austria han sufrido un vuelco electoral sin precedentes, mientras esperamos con preocupación el turno de las presidenciales francesas. Obstaculizar el reasentamiento de ciudadanos sirios es un hecho que no solo está en contradicción con las leyes internacionales, sino que además dinamita el pedestal desde el que se toman tales decisiones.

Algunos pensaban que la crisis económica había llevado a una mayoría al desánimo, pero la convulsión de los refugiados puede acabar excitando las actitudes más resignadas. Mucho cuidado con seguir por este camino, el del cálculo electoral y la oratoria contable. El perjuicio que se le está haciendo a nuestro sistema democrático puede tener consecuencias imprevisibles en el medio plazo. La supresión del auxilio es, en esencia, una contradicción mayúscula para los que creemos vivir en una civilización que reconoce y respeta la dignidad del ser humano. ¿Nos atreveremos a reaccionar?

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